Volviendo al hogar, pt. 4: La última tarde


Once in a full moon
Foto:
Pandiyan

… continúa.

Había llegado el día anterior al viaje. Buenos Aires lucía gris debido a la lluvia que lo cubría todo. Santiago miraba por la ventana abierta cómo el agua caía y mojaba todo lo que tocaba. Los edificios, como gigantes de concreto y acero, apenas se distinguían entre las nubes bajas. Una brisa fresca le golpeaba la cara mientras sus pensamientos volaban entre todo lo que iba a ocurrir en las próximas horas. Aferró la taza de café un poco más y bebió un trago. El líquido le quemó un poco la lengua, pero no se quejó.

Dio media vuelta y miró el comedor. Había tapado los muebles con unas gruesas fundas grises para evitar que el polvo haga desastres durante su ausencia. Tal vez volviera en una semana, pero no lo sabía. Quería cruzar la puerta, cerrar y olvidarse de todo. Una pequeña valija cargada con algo de ropa y una mochila a medio llenar lo esperaban para comenzar la travesía al día siguiente. Sobre éstas, un sobre con todos los papeles que necesitaba: documentos, pasaporte, permisos, certificados, pasajes y algunas cosas más. Miró el reloj cuando sonó el timbre: era Néstor. Había llegado un rato antes de lo que esperaba, la ansiedad lo debería estar matando.

Entró al departamento y saludó a Santiago con un abrazo.

—¿Cómo estás, Santi? —preguntó mientras mantenía el abrazo.

—Todo bien, Néstor, ¿y vos? —se separaron.

—Bien. Todavía no puedo creer que estés a punto de arrancar con este viaje.

—Yo tampoco. Pero estoy muy ansioso. Sentate, che. ¿Tomás algo? Me queda café y no mucho más.

—Dale, un café sienta bien.

—Tengo la heladera vacía. Esta noche, delivery y listo. Mañana almorzaré por ahí.

—¿A qué hora salís, preguntó Néstor mientras miraba, sentado, la ventana salpicada por las gotas de lluvia.

—El avión sale de Ezeiza a las cinco menos veinte de la tarde. Dieciséis cuarenta, si te gusta más. ¿Sin azúcar? —, ofreció Santiago.

—Si, gracias —. Néstor tomó la taza que quemaba —. ¿Hacés escalas, no?

—Si. Frankfurt y Nueva Delhi.

—Que embole tanta conexión —, se quejó Néstor.

—Definitivamente. Cuando saqué el pasaje este era el más económico y con las otras opciones no ganabas mucho más tiempo. Acá tengo, en total, unas treinta y siete horas de vuelo.

—Uf…

—Lo más duro va a ser la espera de doce horas en Nueva Delhi. Veré que hago mientras tanto.

—¿No podés salir a recorrer por ahí?

—No creo. Estaré en tránsito y no tengo idea si necesito visa para entrar en India; ni siquiera lo pensé. Llevo música, libros en la compu. De alguna forma pasaré el tiempo —. Santiago estaba tranquilo.

—Fijate si podés avisar cuando llegues y esas cosas.

—Sos mi vieja, ahora —, se quejó.

—Dale, che, un mail o algo que diga que llegaste.

—Bueno, veré cómo hago con Internet. No me queda del todo claro que sea tan fácil estando en Kabul, pero alguna opción encontraré.

—Che, ¿volviste a hablar con Gabriela?

—No, le dije que la iba a llamar cuando tuviera confirmada la salida, pero no lo hice. Quizás la llame en un rato para despedirme —. Hizo una mueca de desgano.

—Llamala, para ella debe ser difícil.

—¿Difícil? Me ignoró olímpicamente desde varios meses antes de que nos separáramos, y luego de la pelea me llamó tres veces nada más —, alzó la voz —; ahora que no me vengas con que me extraña y toda esa estupidez.

—Si, te comprendo, pero llamala, no te cuesta nada.

Santiago lo miró con cara de pocos amigos.

—Bueno, la voy a llamar. Ya me imagino que me moquea del otro lado para que me quede.

Néstor esbozó una sonrisa y tomó otro trago de café.

—Sos jodido, eh! —Miró la pequeña valija —. ¿La valija grande la estás armando?

—¿Qué valija grande? Voy con la chiquita y la mochila.

—¿Estás loco? ¿Y toda la ropa?

—Néstor, sacate de la cabeza el concepto de vacaciones familiares. Me voy a Kabul a una aventura, a ver qué pasa, a ver con qué me encuentro. Llevo un par de remeras, un par de lienzos, una campera, algo de abrigo…

—¿Abrigo en medio del desierto? —, lo interrumpió.

—A esta altura del año hace calor todavía, pero a fin de año hay temperaturas muy bajas, hasta bajo cero. Así que llevo ropa cómoda ahora y luego veré allá si me abrigo más.

—Ah, no sabía. Che, ¿pudiste comprar los dólares?

—Si, me costó un huevo, pero al final hablé con tu amigo y se solucionó todo.

—Es un capo ese flaco. Tiene más contactos que portero eléctrico —, bromeó Néstor.

—Definitivamente. Llevo lo justo y luego me intentaré manejar allá.

Se generó un largo silencio. De esos silencios que visto desde afuera pueden parecer abismos plagados de connotaciones, pero que entre amigos no es nada más que un pequeño momento en donde no hay nada para decir. Néstor apoyó la espalda sobre el respaldo del sillón mientras terminaba el café. Santiago se levantó y fue a su habitación. Volvió con un llavero con tres llaves.

—Tomá —, le dijo a Néstor —. Acá te dejo las llaves de acá. La de seguridad es la de abajo. Las otras dos son de acá arriba.
Néstor tomó el manojo de llaves, las miró y las guardó en el bolsillo.

—No es necesario que vengas, eh! —, advirtió Santiago —. Yo me encargo de pagar todo desde allá, siempre y cuando pueda acceder a Internet, claro.

—Perfecto —, aceptó Néstor —, cualquier problema, avísame y te doy una mano desde acá.

—No te hagas drama, voy a estar en contacto. Vení, ayúdame a terminar de tapar los otros muebles de la casa.

—Dale.

La tarde continuó mientras recordaban algunos recuerdos de su juventud. El colegio, el barrio, las noches. Cada tema llevaba la conversación a otro tema y así, saltando de anécdota en anécdota, los dos amigos, más unidos que nunca, compartieron lo que podría ser su última tarde en mucho tiempo. Terminaron de tapar todos los muebles dejando solamente la cama y el televisor. La noche cayó sobre la ciudad mientras las nubes se disipaban y dejaban a la vista una hermosa luna.

—Se puso lindo —, comentó Santiago.

—No te olvides de desenchufar todo —, advirtió Néstor —. A ver si cuando volvés te encontrás con una montaña de carbón.

—Tengo el checklist pegado en la heladera, no me voy a olvidar. No veo la hora de salir para Ezeiza. Che, ¿te quedás a cenar y pedimos algo?

—¡Dale! Pero antes, pegale una llamada a Gabriela, no la cuelgues.

Santiago lo miró buscando en su cara alguna respuesta ante tanta insistencia. Sacó el celular del bolsillo y comenzó a marcar.

—Bueno, pero primero llamo al delivery. ¿Huevo y morrón, como siempre?

Continuará…

 


 

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