Espinas


Port-57
Foto:
Victor Bezrukov

Una mañana, como cualquier otra, lo descubre tomando mate en una pequeña habitación despojada, algo descascarada. Desde hace años vive en una pequeña pieza, simple, casi vacía, que alquila con mucho esfuerzo a un puntero del barrio que cada tanto le tira un hueso. El poco dinero que tiene apenas le alcanza para comer y pagar sus deudas.

Su pelo enmarañado y barba de algunos días se mimetizan con una camiseta muy gastada y un piyama celeste junto a unas pantuflas marrones que piden al menos un remojo.

Hace varios meses que falta trabajo y su desesperación va en aumento. Como todas las mañanas, y gracias a su vecino, lee el diario que éste le presta gentilmente. Antes lo hacía para buscar entre los clasificados, pero hace tiempo que desistió debido a la poca oferta disponible. Ahora solamente ojea las noticias por arriba con un dejo de pesimismo hasta llegar a los deportes que le permite evadirse durante algunos minutos. Al terminar, se vestirá y volverá a patear las calles en busca de alguna changa para intentar comer esa noche.

La vieja y pequeña heladera desvencijada guarda una botella de agua, un diente de ajo y un limón. Hace años que no puede si quiera llenarla con algunas cosas más. Su vida es día a día, hora a hora.

Todas las mañanas, los siete días de la semana, durante el mismo ritual, se pregunta por qué le tocó vivir esta vida tan dura, plagada de necesidades y faltantes. Le hubiera gustado sentir el amor de una madre, a la cual nunca conoció y haber evitado a su violento padre que lo mandó a trabajar desde los siete años. Éste, enfermo por el alcohol y la timba, llegaba a la casa y le pegaba solamente por placer. Por suerte, cuando cumplió los trece juntó fuerzas y decidió irse para pelearla por su cuenta. Llegó a la ciudad para intentar cambiar su futuro. Hizo de todo hasta conseguir un pequeño trabajo como ayudante en una obra. Gracias a esto pudo crecer un poco y alquilar una pieza.

Tiempo después conoció a su mujer con quien tuvo dos hijos. Pero cuando perdió el trabajo las cosas se complicaron ya que no entraba plata y su mujer empezó a reprocharle su inutilidad. Él siempre salía, siempre buscaba, siempre intentaba llevar algo de comer, pero a veces eso no era posible. Sentía mucha vergüenza frente a sus hijos. La única vez que le insinuó a su mujer que ella también tenía que buscarse algo, la muy conchuda se mandó a mudar con los dos pibes y nunca más la vio.

Los extrañaba un montón.

Él quiere mejorar, hace lo que puede, pero el trabajo no aparece y no consigue ir para adelante. Se siente perdido.

Sus ojos se humedecen frecuentemente, pero no quiere quebrarse. Confía en que Dios está a su lado mientras toma con su mano derecha la pequeña cruz que cuelga de su cuello. Una baratija. Todo lo que le queda en el bolsillo son veinte pesos y muchos sueños. Saldrá a buscar algo, una vez más. Alguna changa para ver qué come.

Inesperadamente por debajo de la puerta de madera pasa una carta. La mira extrañado. Un sobre blanco, sin remitente y con solamente su nombre de pila escrito a mano en el frente. No le gusta el aspecto y decide dejarla sobre la mesa que está cubierta por un mantel de plástico multicolor. Espera sentado, lleno de dudas, mirando la carta. Tiene que abrirla, tiene que tener el coraje de hacerlo.

Toma la carta, corta el sobre por un extremo y empieza a leerla.

Lee los dos párrafos lentamente. El desenlace de la misma se ve venir. Sin embargo, no quiere leer la última oración… Finalmente deja que sus ojos la recorran.

Una gran congoja le comienza a aprisionar el pecho. Siente que su espíritu decae. Gruesas lágrimas empiezan a llenar sus ojos y a recorrer sus mejillas. Retrocede, a los gritos, negando lo que acaba de leer. Esa noticia, que jamás hubiera querido leer, está ahí, confirmándose, mostrándole que su vida sigue el mismo camino desde el día que dio la primera bocanada de aire.

Se queda en una esquina de la cocina, llorando. Mientras el mundo que lo rodea lo devora lentamente. Entre sollozos, con su alma a flor de piel y sintiéndose más vulnerable que nunca se pregunta: Dios, ¿te has olvidado de mí? El silencio lo abruma.

 


 

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