Volviendo al hogar, pt. 3: Sin vuelta atrás


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John M. Jarvis

… continúa.

Pasaron algunos días agitados. Mucha papelería, muchos trámites, muchos preparativos para el primer viaje. Su primer acto fue llamar al trabajo para decirles que no iba más. La decisión estaba tomada y no quería tener ya nada que ver con ellos. Se sorprendieron con la noticia. Preguntaron los porqués, pero Santiago no dio demasiados detalles. No me interesa más, fue la mejor respuesta que se le ocurrió. Llegó hasta ahí. Basta. Del otro lado de la línea no podían creer sus palabras. Colgó liberado de la presión para cerrar ese tema. Sus años en esa empresa habían sido fructíferos, pero siempre sintió la falta de algún tipo de emoción. No le era necesario trabajar debido a la posición económica que tenía gracias a su familia, pero lo hacía para no sentirse como un parásito. ¿Cuántas horas había pasado en ese escritorio durante los últimos años? ¿Fueron fructíferas? ¿Qué había obtenido estando ocho horas por día sentado en la misma silla?

Media hora después de colgar, le sonó el celular: era Gabriela, compañera del trabajo y último amorío de los que pasaron por su vida. Se habían conocido semanas después de que Santiago comenzara a trabajar ahí, pero nunca se habían mirado con otros ojos hasta una fiesta de fin de año varios años después. Esa noche, vaya uno a saber por qué, empezaron a hablar sobre la mesa de fiambres. La conversación de compromiso mutó en la clásica charla sobre el trabajo (áreas, departamentos, compañeros, jefes) para llegar, algunas horas después, a un diálogo más personal: gustos, pasatiempos, música, cine, libros. Las coincidencias eran muchas. Meses después recordarían esa noche y descubrirían que ignoraron a sus compañeros durante toda la fiesta. El alcohol ayudó a destrabar las inhibiciones y la fría reunión empresarial terminó para ambos como una ardiente madrugada plagada de nuevas sensaciones.

Nunca había llegado a enamorarse realmente de nadie hasta que la conoció a ella. Gabriela era bastante introvertida, pero intentaba mostrarse de otra manera, aparentando mayor decisión a la que realmente tenía. Poseía muchas actitudes de inmadurez que hacían sentir a Santiago con la responsabilidad de tenerla bajo su ala, enseñándole cómo vivir la vida. Esta forma de control fue progresiva y ninguno de los dos se dio cuenta hasta que Gabriela empezó a necesitar más espacio para ella. Nuevas amistades, nuevos ideales y nuevos objetivos empezaron a dejar a Santiago fuera de su mundo hasta que éste dijo basta. Hacía menos de dos meses hablaron frente a frente, se plantearon el tema y todo terminó ahí. Detrás quedaron todas las vivencias veinteañeras que los hicieron madurar emocionalmente. Ambos lloraron como si fuera el fin del mundo, pero ambos respiraron aliviados cuando se despidieron. Pese a que nunca más tuvieron un contacto cercano, ambos mantuvieron una pequeña amistad que los hacía seguir teniendo contacto cada tanto. El ascensor era su punto de encuentro más frecuente y algún que otro mail.

Cuando Gabriela se enteró que Santiago se iba de la empresa, no dudó en levantar el teléfono y llamarlo. No entendía qué le había pasado.

El teléfono sonó. Santiago miró el celular y al leer el nombre de ella comprendió por qué lo estaba llamando.

—Hola, Gabriela, ¿cómo estás?

—Bien, ¿vos? —preguntó ella con cautela.

—Bien, tranquilo —se recostó sobre la silla—. Acabo de renunciar al laburo.

—Si, me enteré, por eso te llamo. ¿Qué pasó? —en su interior estaba segura que quería alejarse de ella.

—Nada, Gabriela, me cansé de trabajar y decidí largar todo para irme de viaje.

—¿Pero así, de un día para el otro? —la voz de ella había cambiado de tono drásticamente. Un dejo de angustia cruzaba sus palabras.

—Si, de un día para el otro. Me voy de viaje y no sé cuándo voy a volver —, miró el reloj.

—¿De viaje? ¿A dónde? —su voz mostraba sorpresa.

—Comienzo el viaje en Kabul. Me voy a quedar ahí durante un tiempo conociendo el lugar y luego veré hacia dónde sigo.

—¿Kabul? ¿Qué es eso, África? —, dudó.

—Afganistán, en Asia. Ya tengo los pasajes y estoy esperando todo el papelerío con la visa y algunos permisos extras —cambió el teléfono de oreja. Luego le explicó que, pese a que Afganistán contaba con un gobierno democrático y en pleno proceso de pacificación, para entrar al país había que llenar muchos papeles, pero que finalmente todo iba a ir sobre ruedas.

—¿Me estás jodiendo, no? ¿Te vas de viaje al otro lado del planeta así sin más?

—Si. Estoy vacío, Gabriela. Necesito hacer algo con mi vida y creo que este viaje va a servir para darme aire y plantearme las cosas de otra manera.

—¿Pero no tenías otra manera de buscar un cambio? Algún deporte, cambiar de laburo… Me pone muy triste que te quieras ir tan lejos.

—Es una decisión tomada —sentenció terminante—. Estoy con muchas ganas de irme. Va a ser una experiencia fabulosa y no veo la hora de irme.

—Pero tenés una fecha de vuelta, ¿no?

—No. Quizás me vuelvo en dos días, pero lo más probable es que me quede hasta que me canse. No sé. Una semana, un mes, un año, una vida. ¿Quién sabe? —Le encantaba no pensar en un itinerario definido ni en una planificación—. Quiero irme y no saber qué pasará al día siguiente.

—Estás loco.

—Si, tal vez.

—¿Y cuándo salís? —preguntó Gabriela algo triste mientras cerraba los ojos.

—Dentro de veinte días. Tengo que hacer escalas en Frankfurt y en Nueva Delhi antes de llegar a Kabul y…

—¿Toda esta locura tiene que ver con nosotros? —lo interrumpió. Necesitaba preguntarlo—. Realmente no entiendo.

—Gabriela, necesito hacer este viaje. No tiene nada que ver con lo que pasó entre nosotros. Estoy muy motivado para hacer este viaje, conocer lugares nuevos, personas nuevas, culturas distintas. Además, nuestro contacto siempre es virtual y eventual, así que no va a haber problemas ya que seguiré en contacto de una u otra manera. ¿Nunca tuviste ganas de hacer un quiebre en tu vida?

—Bueno, si realmente necesitás hacer esto… —los ojos se le humedecieron.

—Te aviso cuando tenga confirmada la salida, ¿te parece? —, ya quería cortar—, y luego te mantengo al tanto —. Sabía que era mentira lo que le decía, pero no tenía ganas de pelear con la inestabilidad emocional que sentía el otro lado.

—Está bien. Cuidate. Vas a estar muy lejos y te voy a extrañar.

—Si, yo también te voy a extrañar —. Otra verdad a medias, se iba tener que confesar, parafraseando a Dave —. Un beso.

Cortó. Sintió la frialdad de la conversación. Se quedó un rato pensativo con el celular en la mano. Buscó el cuadernito, lo abrió y agregó una nueva anotación.

“La papelería viene viento en popa. Creo que dentro de dos semanas tendré todo listo. Me quedan algunos detalles para cerrar. No veo la hora de salir. Sigo leyendo sobre Afganistán y sus costumbres. Comprendo que una cosa es leer y otra es vivirlo, pero quiero evitar estar tan desconectado de esa cultura.”

Pensó un momento y agregó una segunda anotación.

“Algunos datos duros sobre Afganistán. Ubicado en Asia, limita con China, Irán, Pakistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán. Tiene más de treinta millones de habitantes y su capital es Kabul. El país está dividido en treinta y cuatro provincias. Hablan varios idiomas, dependiendo de las distintas tribus y castas a lo largo del país, pero principalmente hablan persa dari y pashto. Su moneda es el afgani.”

“Detalles del vuelo:
— Ministro Pistarini, Buenos Aires, Argentina – Frankfurt International, Frankfurt, Alemania. Tiempo: 13:15. Kilómetros: 11.477.
— Espera en Frankfurt, Alemania: 2:50
— Frankfurt International, Frankfurt, Alemania – Indira Gandhi, Nueva Delhi, India. Tiempo: 7:20. Kilómetros: 6.134.
— Espera en Nueva Delhi, India: 12:00
— Indira Gandhi, Nueva Delhi, India – Khwaja Rawash, Kabul, Afganistán. Tiempo: 2:00. Kilómetros: 1.002.
— Tiempo total de viaje: 37:25
— Kilómetros: 18.613”

Cerró su cuadernito y se levantó para seguir ordenando, pero se detuvo y, de pie, realizó una anotación más.

“Hablé con Gabriela. Creo que el viaje me va a servir para evitar seguir cruzándome con ella. No la quiero ver más. Luego de todos sus argumentos para separarnos, ahora me va a extrañar porque me voy lejos. Insoportable. Hablamos menos de cinco minutos y realmente no me interesó hacerlo. Eso es bueno.”

Dejó la birome y siguió su día. Alejarse era la mejor decisión. Sin dudas.

Su mente cambió de tema. ¿Cómo iba hacer para manejarse allá si la gente hablaba persa dari y pashto? Y su inglés no era bueno. A pelearla. Tenía que seguir.

Continuará…

 


 

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