Un hombre triste


Untitled
Foto:
nasos zovo

Un hombre triste. Sentado. Lo diviso entre un mar de cuerpos que se aprietan y se intentan acomodar en medio del subte lleno. Giro mi cabeza y enfoco mis sentidos en él. Está sentado, medio acurrucado entre otros pasajeros, con la vista fija en el piso. Su rostro muestra una triste expresión, abatida, desconsolada. Sus ojos tienen una mirada que me angustia. ¿Qué sentimientos pasarán en este momento por su cabeza y por su corazón? ¿Algún problema pasajero, de esos que se curan en unas horas o días? ¿Alguna tragedia personal que marcan heridas las cuales sólo cicatrizan con el tiempo? Tal vez este hombre triste esté cansado de los cachetazos de la vida, o tal vez todo forma parte de mi imaginación.

Pestañea. Mueve la vista lentamente de un lado a otro sin levantarla del piso. Me concentro aún más en este hombre triste. Está vestido con zapatillas blancas muy gastadas, un jean azul claro algo arrugado, una campera azul oscura con marcas del tiempo y una pequeña bufanda escocesa en tonos rojos alrededor de su cuello. El pelo, entrecano y desprolijo, se mueve por la corriente de viento que genera el subte. Sus manos, que denotan el paso del tiempo, se entrecruzan sobre el regazo. ¿Qué lo habrá llevado a tener esa expresión? Quizás sea un hombre feliz, pero su mirada apesadumbrada y hasta nostálgica transmite otros sentimientos que me intrigan.

Levanta la vista lentamente y otea el lugar. Cruzamos brevemente miradas y durante esas centésimas veo un profundo pozo oscuro, falto de vida, solitario y desolado. Miro para otro lado para que no note mi atención mientras vuelve su mirada al sucio piso del vagón. Sus ojos están faltos de brillo. Ese brillo que todos tenemos en la juventud y que el tiempo, implacable, se encarga de quitarnos poco a poco sin miramientos. Sin embargo los suyos muestran un grado de opacidad aún mayor. Ese segundo en los que me adentré en su mirada sentí un vacío que se pegó a mi columna vertebral recorriéndola en un espasmo helado. Sus comisuras están arqueadas hacia abajo mientras las cejas forman un arco que acentúan la expresión de pesar. Levanta la vista por un momento mirando el techo. Casi puedo decir que su expresión es de ruego, quizás pidiendo ayuda más allá de lo que podemos ver con nuestros ojos. Quizás implora piedad… Vuelve a bajar la mirada.

¿Qué habrá ocurrido en la vida de este hombre triste para que esté así? ¿Cuántos reveses habrá recibido para que se note a la legua el gran peso que parece sostener en sus hombros? ¿Cuántos golpes puede soportar una persona hasta explotar o hasta extinguirse lentamente? ¿Dónde estará su alma?

Está abatido.

Lentamente levanta la vista y mira un poco más allá. Se tiene que bajar. La muchedumbre se amontona y arremolina velozmente para bajar, pero el hombre triste no. Parsimoniosamente se levanta y se acerca a la puerta. Éstas se abren y todos se pelean para bajar, mientras él, alejado de todo, camina con paso cansino y tranquilo, manteniendo la mirada en el piso y las manos en los bolsillos del jean. Lo veo irse por el andén hacia la escalera hasta que lo pierdo de vista.

El subte tarda en arrancar. El guarda emite la señal de alerta y las puertas se cierran. Lentamente la formación avanza. Toda la gente ya subió las escaleras y el andén está casi vacío… Pero vuelvo a cruzarme con él; solamente el hombre triste camina aún hacia la salida. Su expresión sigue teniendo pizcas de tristeza, de congoja, de abatimiento, nostalgia, desolación, melancolía y de un profundo pesar. El subte acelera y lo vuelvo a perder de vista mientras se adentra en el oscuro túnel de la línea. Miro de nuevo a la masa que me rodea. Algunos leen, otros escuchan música, algunos hablan, ríen, duermen… ¿Alguien habrá reparado en ese hombre triste? ¿Alguien habrá notado su presencia, su pesar, su pena?

Me quedo pensativo, intentando comprender por qué, a veces, la vida se ensaña hasta dejarnos así de tristes, así de abatidos. Algunos están mejor preparados que otros para soportar los vendavales de la vida. ¿Qué hubiera podido hacer yo por él? Seguramente nada, lo cual me apena y me acongoja un poco más.

Mientras el subte llega a la próxima estación, el hombre triste debe estar por ahí, en alguna calle de Buenos Aires, quizás pidiendo algo que no tiene y no puede obtener: tranquilidad, el primer paso hacia la felicidad.

Cierro los ojos y me quedo con su mirada: casi tan triste y solitaria como el túnel por el que viajo… El hombre triste está ahí, entre nosotros, rogando.

 


 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: