Unos, pt. 7: Imágenes en francés


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… continúa.

El mediodía llegó rápido y con él un pequeño descanso de cuarenta minutos para comer algo. Cruzó la pequeña calle al trote para llegar al kiosco de enfrente. Un colectivo y dos motos casi lo atropellan, pero ninguno dijo nada. Todos estaban demasiado acostumbrados a esa manera tan local de cruzar calles. El kiosco daba lástima. Las paredes lucían descascaradas; la caramelera, sucia y algo destartalada, ofrecía algunos chocolates de dudoso estado con una fina capa de polvo sobre ellos. Sin embargo, sobre el mostrador principal, decenas y decenas de sándwiches de distintos panes y rellenos eran velozmente vendidos por los dos empleados del local. Preguntaban, tomaban el sándwich, lo metían en una bolsa, agregaban algunos sobrecitos de mayonesa, kétchup o mostaza, unas servilletas y cobraban. Así, una y otra vez, centenares de veces. Entre las doce del mediodía y las tres de la tarde, vendían cientos y cientos de sándwiches junto con decenas y decenas de botellitas de gaseosa, jugo o agua. A los dueños del lugar no les preocupaba no tener un chocolate en particular o ciertos caramelos, ni siquiera pensaban en los cigarrillos. El negocio, originalmente un kiosco común y corriente había degenerado en un “kiosco para vender lo que nos de guita”. Era el único kiosco de l cuadra y los tres edificios de al lado le generaban la suficiente cantidad de clientes para mantenerse vivos. Compraban los sándwiches a ocho pesos y los vendían a quince. Vendían entre ochocientos y mil sándwiches por día y tenían abierto de lunes a viernes. El alquiler les comía la mayoría de la facturación, por eso los empleados laburaban en negro. Y bueno, pibe, les había dicho el dueño a cada uno cuando los contrató, es así o seguí buscando. Ambos habían aceptado, pero nunca duraban. A los dos o tres meses siempre había un pibe nuevo. Al dueño no le importaba. Mientras la gente compre sándwiches, o “sanguches”, como decía, todo estaba bien.

Como la buena oveja que era, se puso en fila para pedir el sándwich de siempre: pebete de jamón y queso. Salía quince mangos y tenía solamente una feta de paleta y una de queso. De las más berretas. Pero no le quedaba otra. No tenía tiempo para ir al mercadito que tenían a cinco cuadras a comprar el pan y el fiambre por separado. Y comer sentado en algún lugar no bajaba de los cuarenta o cincuenta pesos y ese era un lujo que no se podía dar. Se preguntó si hoy, por ser un día tan especial, no ameritaba ir a un restorán pero, fiel a su inseguridad, prefirió ser conservador y no cantar victoria antes de tiempo. Un pebete, un sobrecito de mayonesa, dos servilletas y nada más. El agua la tomaría en el trabajo. Tomó el vuelto y se apuró en ir a la plaza de la otra cuadra; le quedaban veinticinco minutos. Mierda. Buscó un lugar dónde estar tranquilo. Encontró un árbol, medio pelado, que lo invitaba a sentarse al pie de su tronco. Movió un poco la tierra con el pie para quitar algo de mugre y se sentó. Tomó el sándwich de su envoltorio, le puso mayonesa y le dio un buen mordisco. Uf… sintió que el alma le volvía al cuerpo.

Sacó el celular del bolsillo y buscó el contacto de su amigo. Hacía muchos años que tenía el mismo celular, pequeño éste, y algunas teclas ya no querían responder a sus dedos. Todos los meses lo llamaban de su operadora para ofrecerle un nuevo equipo y un nuevo plan para “beneficiarlo” en todos los aspectos. Le prometían miles de minutos “gratis” y muchos megas libres, sea lo que fuera eso. Pero no podía aceptar. Claro, lo barato sale caro y para tener todos estos beneficios gratis, tenía que pagar más. Y siendo que llegaba con lo justo a fin de mes, cambiar el celular significaba perder plata.

Llamó.

Nadie atendía. Dejó un escueto mensaje en el contestador y se guardó el celular en el bolsillo. Luego de dos bocados más, sintió al pequeño aparatito vibrar con intensidad. Era su amigo. Atendió. Perdón, che, le dijo desde el otro lado, no llegué a atender. ¿Cómo estás? Bien, respondió de manera escueta, estoy comiendo acá en la plaza, ¿vos? Estoy saliendo para comer, se escuchaba mucho ruido de fondo. Escuchame, le dijo mientras luchaba contra un pedazo de fiambre que se le había quedado entre los dientes, ¿nos vemos esta tarde en el bar de la cortada? Si, claro, le contestó velozmente mientras algunas bocinas intentaban tapar la conversación. Estoy saliendo a las seis y media, más o menos, ¿nos vemos a esa hora? Si, dale. Tengo que contarte un tema y quiero que estés al tanto. No hay problema. Te mando un abrazo.

Cortó.

Volvió a morder el sándwich, recostó la cabeza contra el tronco y cerró los ojos. Mientras masticaba imaginó cómo sería la situación esta noche. ¿Ella vendrá, se atreverá, será capaz de ser el bastión que permitirá a este perdedor obtener, al menos, una victoria en su vida? ¿Y él? ¿Tendrá las agallas para presentarse? ¿Qué le dirá, cómo la mirará, se pondrá colorado, podrá satisfacer sus deseos? ¿La merece? ¿Será un momento único? ¿Será un encuentro corto o durará toda la noche? ¿Importaba?
Tenía que hablar con ella, pero la única manera que tenía para contactarse era el chat. Más tarde, luego del bar, iría a un locutorio para ver si estaba conectada e intentar confirmar el lugar y la hora. Ayer habían hablado y estaba todo en camino, pero temía que ella reculara. Si, mejor intentaba volver a hablar con ella. Bueno, no hablar, chatear.

¿Cómo será su voz? ¿Y sus labios? Se los imaginaba dulces, suaves, como suena el francés en labios de la amante perfecta. ¿Irá?
Terminó el sándwich, se levantó y apuró el paso para volver al depósito. Si tan sólo pudiera escuchar su voz antes de verse personalmente.

Continuará…

 


 

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