Volviendo al hogar, pt. 2: Notas


Be seeing you
Foto:
Olivander

… continúa.

Llegó a la moderna agencia de viajes sin apuro, disfrutando el día soleado que lo embriagaba. Estaba empezando a sentir la felicidad de la decisión tomada. Lo atendió una operadora de pelo negro, algo grandota con la mirada apagada. Sobre el escritorio, entre papeles, biromes, carpetas, un celular, una computadora con su monitor y su mouse y una taza de café a medio tomar, un portarretrato luchaba por mostrar a una joven operadora con su marido y su hijo, quienes sonreían felices de la vida con un hermoso bosque de fondo. Esa cara de felicidad contrastaba con la cara actual de Lucía, como rezaba el identificador que colgaba de su saco azul marino, algo desgastado. La Lucía de la foto no era la Lucía que tenía frente a él. Las separaba varios años y vaya uno a saber cuántas historias.

—Buenos días —dijo Santiago—. Quisiera averiguar por un pasaje Buenos Aires-Kabul.

—¿Cómo, perdón? ¿Kabul? —preguntó Lucía despabilándose ante el pedido.

—Si. Kabul, Afganistán. Necesitaría un pasaje para una persona.

Lucía tardó en reaccionar. Miró la computadora, tomo el mouse y empezó a buscar sin comprender aún muy bien el pedido. Hizo muchos clics, tecleó algunas palabras, hizo más clics. Santiago esperaba mientras miraba algunos posters que colgaban detrás de Lucía. Todos eran espectaculares y ofrecían paraísos a cambio de precios que sólo podían pagar unos pocos, aunque los protagonistas de dichos posters intentaran mostrarse como personas comunes. México, Cancún, Brasil, Disney, Nueva York, España, Europa clásica, todos ofrecían unas vacaciones inolvidables. En especial por lo difícil de olvidar las veinticuatro monstruosas cuotas que habrían de pagar los viajeros hasta deshacerse de la deuda. Más allá, los cruceros prometían diversión y descanso con todo incluido, menos la letra chica, seguramente. Volvió a mirar a Lucía que seguía con sus clics y sus tecleos.

—Mire, no hay muchas opciones —le dijo finalmente—. El tema es que para entrar allá necesita una visa y el trámite es algo engorroso.

Santiago pensó unos instantes. ¿Sería feliz Lucía?

—¿Ustedes pueden asesorarme sobre ese trámite?

—Si, si —respondió Lucía, sabiendo qué responder ante cada pregunta—. Si confirma el viaje, lo pasaré a un sector que se encargará de darle los detalles y gestionar la documentación necesaria. ¿Usted es periodista?
La miró como no entendiendo la pregunta.

—No, no soy periodista. ¿Por?

—Ah… es que en varias ocasiones hemos tenido que tramitar pasajes a esa zona y siempre han sido periodistas.

—Mi viaje es puramente por placer —empezó a contar Santiago para luego comenzar una serie de preguntas muy específicas sobre los requisitos del lugar. Lucía empezó a creer que todo era una broma, pero al verle la cara a su cliente y a escuchar las preguntas que éste le hacía, empezó a tomar el tema más seriamente.

—Mire —le dijo la operadora— por lo que me dice el sistema, aparte del visado se recomienda llevar dólares en efectivo ya que no hay tarjetas de crédito en la zona y, pese a que no es obligatorio, se recomienda darse unas vacunas: hepatitis, tétanos, tifoidea y rabia. Además, debo informarle que el lugar tiene riesgos de minas antipersonales…

—Para venderme un viaje —la interrumpió Santiago con una sonrisa— no sos muy buena, ¿no? Ya sé que el lugar es peligroso. Tengo que viajar a Kabul, independientemente de lo peligroso del lugar.

—Usted comprenderá que debo informarle…

—Si, ya lo sé, no te preocupes. ¿Cuánto tarda el visado?

—Depende el caso, ya se lo informarán, pero mientras tanto podríamos ir haciendo la reserva si así lo prefiere. ¿Tiene fecha de vuelta prevista?

—No, voy y no sé cuándo vuelvo —tomó un papel en blanco de la impresora y una birome para hacer algunas anotaciones.

—Muy bien, dejaremos la vuelta abierta. Lo mejor que le puedo ofrecer —tomo la hoja impresa para mostrársela— es un vuelo semanal que tiene dos paradas. Saliendo desde Ezeiza por Lufthansa hasta Frankfurt, Alemania. Son unas 13 horas de viaje. Ahí tiene que esperar unas 3 horas para hacer la conexión, también por Lufthansa hasta Nueva Delhi, en la India. Son unas 7 horas de viaje —levantó la ceja algo contrariada—. Y ahí, —esperó y controló lo que le decía la hoja— tiene una espera de 12 horas hasta tomarse un vuelo por Air India hasta Kabul que son otras 2 horas de vuelo—. Santiago había anotado cada palabra en detalle.

—A ver si entendí: 13 horas hasta Frankfurt, 3 horas de conexión, luego 7 horas hasta Nueva Delhi, otras 12 horas de conexión y finalmente 2 horas más hasta Kabul, ¿correcto? —la operadora asintió—. Eso me da unas 37 horas en total —la operadora dudó—. Lindo viaje, corto sobre todo—. La operadora le entregó el papel mientras comenzó a ensayar una disculpa por el intrincado itinerario. Santiago sonrió y leyéndolo completó las anotaciones.

Las siguientes cuatro horas fueron bastantes agotadoras dentro de la agencia. Santiago tuvo un sinfín de papelerío que completar mientras se hacían múltiples llamados telefónicos. El papelerío se le hizo largo pero lo tomó de la mejor forma posible.

—Bueno, en principio está todo en curso —le informó finalmente Lucía—. Si no hay problemas dentro de treinta días tendrá todo listo para su viaje. Llámeme en tres semanas para ver si está todo bien.

—Muchas gracias por todo —le dijo Santiago con una sonrisa mientras le daba la mano y se guardaba algunos papeles en el bolsillo de la campera de jean.

Volvió a su casa bajo el sol invernal de Buenos Aires, contento y respirando profundo por este gran paso que había dado. Durante el camino de vuelta paró por un oscuro kiosco para comprar un paquete de galletitas de agua y una gaseosa. Mientras sacaba unos billetes para pagar vio detrás del kiosquero una pequeña libreta.

—¿Puedo ver esa libreta, por favor? —preguntó.

El kiosquero se la dio sin emitir sonido. Santiago tocó la cubierta marrón oscura, rugosa y la abrió para ver las páginas que no eran blancas, sino más bien de un color crudo, como si fuera papel reciclado. Era bastante gruesa y le pareció cómoda para llevar encima.

—La llevo —dijo—, y dame también una birome negra—. Pagó por todo y se fue con una bolsita con las galletitas, la gaseosa, la libreta y la birome.

Llegó a su casa, un espacioso semipiso de dos ambientes en Villa Urquiza que recibía mucho sol durante todo el día. Dejó la bolsa sobre la mesa el comedor, sacó la libreta y la birome y se sentó en la mesa de la cocina para escribir las primeras palabras de su diario de viaje. La abrió y anotó en letra imprenta minúscula:

“Hoy comienzo a escribir este diario con el objetivo de dejar documentado las vivencias que espero experimentar en los próximos meses. Ya he iniciado los trámites para realizar mi primer viaje: Kabul, Afganistán. Dentro de un mes debería tener todo listo para irme.”

Lo dejó ahí, por el momento. Se recostó un poco sobre la silla, levantó la botellita de gaseosa, tomó del pico y pensó unos instantes. Debería averiguar algo más sobre Kabul y Afganistán antes de salir. Se levantó y fue a buscar la notebook. Quería aprender un poco sobre el lugar al cual se estaba por aventurar. Apoyó la máquina sobre la mesa de la cocina y la prendió. Esperó mientras hacía una lista mental de los próximos pasos. El auto lo iba a vender, el departamento lo iba a dejar esperando que Néstor le de una mano para que no se lo coman las ratas, tenía que conseguirse un bolso más y tenía que cambiar todo el efectivo en pesos que tenía por dólares, con todo lo que eso significaba. ¿Qué más? Algo de ropa, la notebook, el reproductor de MP3, el celular, tarjetas de crédito por las dudas, documentos y, claro, la libretita y la birome. Iba a ser un mes agitado.

La notebook seguía cargando.

Continuará…

 


 

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