Unos, pt. 4: Almas gemelas


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julien `

… continúa.

El calor y la presión aumentaban. El descontento dentro del subte se hacía notar con el pasar de los minutos. Luego de la cuarta estación, se pudo ubicar en un costado del vagón, con los brazos cubriéndose el pecho para evitar que su mano roce involuntariamente algún culo o alguna otra zona más comprometida. A su alrededor cinco personas le respiraban cerca: dos señoras castañas, un flaco de veintitantos, un señor pelado y una morocha no muy interesante. La miró unos segundos para ver si valía la pena entretener la vista, pero desistió. Cerró los ojos y se adentró en sus pensamientos. Estaba muy ansioso por lo que iba a ocurrir en las próximas horas, pero no quería hacerse ninguna historia al respecto. Quizás todo se dé naturalmente o tal vez tenga que forzar la situación. No estaba seguro. Luego de las últimas conversaciones con ella, estaba todo confirmado, aunque prefería hablar una vez más para ver si no se había arrepentido. Sonaba patético, claro, pero estaba acostumbrado a actuar así.

Antes que nada debía hablar con su mejor amigo para explicarle todo, o una parte… No se atrevería a explicarle todo. Quizás cómo comenzó todo, cómo se conocieron y no mucho más. Quería verle la cara cuando le contara. Él había sido el único que se había mantenido a su lado a través de los años y lo bancó en una y cada una de sus recaídas y problemas. Lo había conocido casi de casualidad en el cumpleaños de un compañero de colegio. Tenían al anfitrión como conocido en común y, vaso va, vaso viene, pegaron buena onda cuando se pusieron a hablar de cine. Una película en común, que ni recordaba, y que a ambos les había parecido una mierda. Criticaron a los protagonistas, a la trama, al director y hasta a Hollywood por las películas de cuarta que filman con varios millones de dólares. Cuando la cerveza se multiplicó, coincidieron en la música que escuchaban (habían ido a los mismos recitales en los últimos meses) y luego terminaron puteando al gobierno a viva voz. ¡Son todos narcos!, recuerda que gritaban.

Los años pasaron y la amistad se fue forjando gradualmente. Largas noches de charlas en algún umbral conversando sobre todo lo bueno, todo lo malo, todo lo feo… Alegrías, tristezas, sueños, ideales… Iban a cambiar al mundo, pensaban. Recordaba anécdotas de las que sólo ellos se reirían: la vieja del bondi, el fan de los Doors, el día de la zapatilla en la cloaca, las corridas cuando hubo una razzia en la esquina del barrio, el día del granizo… Todos los recuerdos eran hermosos, cómodos, se sentía feliz cuando salían juntos. El grupo de amigos creció pero la relación entre ambos se mantuvo inalterable, pese a que algunos intentaron interponerse: la morocha de pelo lacio del departamento de la esquina que les gustaba a los dos, y que nunca les dio ni cinco de bola a ninguno, o el gordo del kiosko que una vez les tiró mierda cruzada de turro que era nomás. La amistad de verdad no puede ser destruida, eso les quedaba claro.

Los años pasaron, su amigo conoció a su mujer y las noches se volvieron solitarias. La amistad se mantuvo, pero tuvo que aprender a desenvolverse en el mundo sin su alma gemela. Ahora no tenía a quién preguntarle, a quién consultarle, a quién pedirle opinión. Bueno, si lo tenía, pero no estaba siempre disponible. El límite se marcó esa noche de junio en donde lo llamó a las tres de la mañana, en una profunda depresión, y lo atendió su mujer que lo puteó de pies a cabeza por el horario. A partir de ese día, la soledad fue más grande que nunca. En ese momento, el mundo empezó a convertirse en una caja gris de la que no tenía escapatoria. Lo seguía viendo cada tanto y se notaba que la amistad estaba ahí, pero su incapacidad para desenvolverse en este mundo sin su amigo lo asustaba. Lo necesitaba.

Abrió los ojos y vio que había llegado a su estación. Codeó, empujo, puteó, pero se bajó. Miró el reloj; tardísimo. Apuró el paso.

Continuará…


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