Unos, pt. 3: Guantes blancos


(untitled)
Foto:
[phil h]

… continúa.

Salió del edificio a los apurones, a tal punto que dejó la puerta de calle sin llave. Uy, si la señora del 8vo. “A” se enterara, pensó con una pequeña sonrisa en el rostro. Pero ahora no importaba. Se estaba haciendo tarde y tenía que apurarse para tomar el subte e ir al trabajo. Caminó a paso firme por las calles llenas de transeúntes que, como él, cumplían con sus obligaciones… o no tanto. Aquí y allá personas, personas y más personas. Una señora flaca con un vestido floreado dominado por un rojo gastado; dos chicos vestidos de colegio con sus mochilas que, tal vez, se habían rateado; una chica con un remera blanca ajustada haciendo footing; una pareja de ancianos caminando con las bolsas del supermercado de la vuelta; un señor con una carpeta bajo el brazo; otro chico con guardapolvo blanco y flequillo; dos muchachos de menos de treinta que caminaban, uno delante del otro, sin conocerse; y él. Todos por la misma vereda, todos hacia el mismo lado. Caminó así las 5 cuadras resguardándose del viento que soplaba fuerte.

Llegó hasta la boca del subte y miró hacia el piso para ver las escaleras y bajar con cuidado. Desde hacía algunos años, desde esa vez que se cayó por las escaleras de la casa de su mamá, les tomó miedo. Siempre miraba con cuidado y se tomaba del pasamanos para bajar. Comenzó paso a paso a bajar cuando la llegada de una nueva formación al andén generaba, primero, un aluvión de gente bajando a las corridas para no perderlo, y luego un contra aluvión de quienes salían de la estación. Como siempre empujones, golpes, algunos gritos, nada que no estuviera acostumbrado luego de tanto tiempo. Llegó abajo y se molestó, una vez más, ya que el chico que repartía los diarios gratis ya no estaba. Claro, a esa hora ya no había más diarios qué repartir.

Me das dos, le dijo a la boletera del subte pasando las monedas por debajo de la ventanilla. Ésta, sin mirarlo y hablando por teléfono, cortó dos tarjetitas de cartón y se las dio no sin antes contar las monedas. Tomó las tarjetitas, se guardó una en el bolsillo y la otra la pasó por el molinete para luego pasar él. Hizo un bollito con la tarjeta e intentó ser Kareem Abdul-Jabbar con el tacho de basura, pero sin suerte, claro. No lo sorprendió que la triste bolita de cartón cayera al piso y se quedara ahí. Miró a su alrededor algo avergonzado. El andén, atestado de gente, ni tomó en cuenta su acción con lo cual se despreocupó y volvió a sus pensamientos.

Tenía que ordenarse en cuáles eran los pasos a dar durante ese día: primero, claro, llegar a la oficina. Su jefe le iba a reclamar otra vez la llegada tarde. Tenía ganas de insultarlo de todas las formas posibles, pero fiel a su estilo timorato seguramente iba a callarse la boca, asentir con la cabeza y listo. Quizás su vida cambiara esa noche, pero sabiéndose cobarde, débil e inseguro, prefería dejarlo ahí por si llegara a arrepentirse de sus próximas decisiones. En su trabajo sabía que no tenía futuro. Hacía años que hacía lo mismo: tomaba las cajas que llegaban en el mismo camión, manejado por la misma persona todos los días, pasaba cada una por un lector de códigos de barra que tenía en su vieja computadora y luego las apilaba en el depósito tomando en cuenta las mismas instrucciones que le habían dado el día que llegó ahí: las verdes van en el depósito G, las blancas al depósito S y las que son color madera con unas líneas negras, al depósito principal. Las cajas habían cambiado su diseño a través de los años, pero los colores se mantenían. Él siempre las recibía, las registraba y las apilaba, pero nunca veía quién se las llevaba. Bueno, tampoco le importaba. La empresa trabajaba las 24 horas del día, alguien se encargaría. Pensó en poner alguna caja mal para que alguien lo insultara en otro horario, pero prefirió no hacerlo.

Llegó el subte, como siempre, atestado de gente. Cuando la puerta se abrió, el vagón explotó de gente que salía, mientras los que estaban afuera pugnaban por entrar. Miró la hora y decidió no esperar al próximo. Se adelantó, y comenzó a empujar a diestra y siniestra buscando conseguir un lugar. Los insultos no tardaron en llegar. No empujen, basta, no entra nadie más, pará flaco y algunas frases más se repetían. Una señora comentaba esa supuesta novedad de los subtes en Japón con los empleados de guantes blancos que empujaban a los usuarios. Nadie le contestó. Algunos pensaban que estaba loca, otros vieron algún video por ahí y unos pocos creían haber escuchado que eso ya no ocurría.

Se acomodó lo mejor que pudo mientras la puerta del vagón empezó a moverse. Una, dos y tres veces intentó el guarda cerrarlas y recién a la última quedaron todas en posición. La formación arrancó y se metió en el túnel.

Una preocupación repentina lo tomó por sorpresa: la bolsa. Esperaba que no se le haya caído en medio de los empujones. Como pudo metió su mano en la campera y la tanteó; ahí estaba. Se tranquilizó. Iba a tener que tener mucho cuidado durante el resto del día si quería que todo fuera perfecto. Llegar al trabajo, hacer sus tareas matutinas, almorzar, seguir con el trabajo, hablar con su amigo para ver si se veían a la salida y luego llamarla para confirmar lo de esa noche.

Si, todo iba bien. El subte llegó a la próxima estación y el caos se volvió a repetir.

Continuará…

 


 

Desconexión: Alex Skolnick Trio – Detroit Rock City (Goodbye To Romance: Standards For A New Generation – 2002) [Cover de Kiss]
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