Unos, pt. 1: Un nuevo día


Restroom
Foto:
Harm Rhebergen

La oscuridad era absoluta. Los primeros atisbos de conciencia afloraban e intentaban tomar el control de la situación. Abrió los ojos lentamente buscando alguna luz que lo guiara, que lo pusiera al tanto de dónde estaba. Algunos rayos de luz que se metían en la habitación sin pedir permiso le mostraba que el día había llegado dejando atrás otra noche más, una de tantas.

Giró la cabeza y miró hacia la ventana. La persiana, cerrada, dejaba pasar algunos tenues rayos de luz. Los minutos pasaban y los ojos se acostumbraban lentamente a la penumbra permitiendo a las formas ganar protagonismo. Un televisor de catorce pulgadas sobre la misma silla de siempre, media desvencijada, reposaba a sus pies en silencio. Otra silla acumulaba ropa sucia a la espera que alguien la lavara. Remeras, pantalones, medias, todo apilado desordenadamente, olvidado. Una mesita de luz sostenía un pequeño velador. Más allá, en el piso polvoriento, un plato con restos de la cena de anoche, un vaso con un fondo de vino y un cenicero repleto esperaban ser removidos. El olor no era agradable, pero para quien dormía ahí, el mismo ya formaba parte de sus días y hasta lo hacía sentir en casa.

Giró sobre su cuerpo para ponerse boca arriba. Se destapó un poco dejando su pierna izquierda por sobre las sábanas. Lo vestía solamente un calzoncillo azul muy gastado, de esos que nunca llevarías a una cita aunque, claro, hacía muchos años que el no tenía una cita. Las mujeres habían pasado a ser, prácticamente, personas con las cuales no tenía ningún tipo de contacto. Bueno, la señora del 4ºC lo saludaba cada vez que lo veía con una sonrisa amable, casi como esa tía bonachona que creemos que todo el mundo tiene. Era bajita, con su pelo entrecano con gruesos bucles que mantenía gracias a los siempre coloridos ruleros. Su boca, con labios de riguroso rojo, se movía con una sonrisa lenta para saludarlo. Alguna vez la ayudó a subir el changuito por las escaleras cuando el ascensor no andaba y una vez le deseó un feliz año nuevo con un beso. Estaba seguro que ese había sido el contacto más cercano con una mujer en al menos dos años. Patético, si. Por momentos sentía que nunca más iba a tener la posibilidad de estar con alguien a su lado. Las pocas amigas que tuvo durante su vida habían dejado de tener contacto con él hacía mucho tiempo ya, tal vez por ser un persona poco interesante, tal vez por ser aburrido o tal vez porque no lo veían como alguien que pudiera darles algo que a ellas le interesaba. En el trabajo las chicas lo ignoraban completamente, era casi un mueble más.

Cuando se armaban salidas entre sus compañeros de trabajo, casi nunca lo invitaban. Excepto una vez: fue cerca de su cumpleaños. Se lo dijeron casi al pasar, e inmediatamente se dio cuenta que quien se lo había preguntado se arrepintió de haberlo hecho. Igual fue y se aburrió como un hongo. Nadie le dirigió la palabra en toda la noche, pero aprovechó y tomó cerveza, comió y cuando tuvo sueño saludó a todos para irse. El dueño de casa lo acompañó rápidamente para abrirle la puerta de calle y casi que ni lo saludó antes de cerrar la puerta. Se quedó ahí parado, a las dos de la mañana, con frío, sin saber muy bien por qué había ido. Se preguntó si, al menos, se habrán reído de él o lo habrán ignorado como siempre.

Miraba el techo un poco más despierto, pensando en el día que se le venía encima. Pensar en levantarse, bañarse y desayunar ya lo agotaba. Si a eso le sumaba el insoportable viaje en subte, las nueve horas de trabajo aburrido y predecible y el aún-insoportable viaje de vuelta, la expectativa para ese día era la peor. Cerró los ojos y recordó que no había comprado café. No importaba. De todas maneras, tal vez encontraría algo en el fondo de la lata. Siempre quedaba algo para una tacita más.

Se sentó en la cama con los pies en el piso. Sintió algunas migas debajo de las plantas que lo incomodaron. Se limpió con la mano y volvió a apoyar los pies. Tenía que tomar la decisión de levantarse. En ese momento recordó la vorágine de los últimos días: una idea, unos mensajes en un foro, unos mails, algunas horas de chat, unas llamas telefónicas. En pocos segundos pasó de sentirse en el fondo de un pozo a notar que las alas empezaban a crecer. Animado manoteó el cable del velador para prenderlo. La luz lo colmó todo y le hizo entrecerrar los ojos, pese a que una mísera lamparita de veinte watts apenas diera claridad. Se puso de pie casi de un salto y entró en el baño para ducharse. Hoy era el día. No debía perderse ésta, su única oportunidad. Al fin. Cuando salió de la ducha, una sonrisa ansiosa tomó de sorpresa a su rostro. Se miró al espejo así, desnudo, y volvió a sonreír. Llegó el día, pensó, no más llantos.

Continuará…

 


 

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